Acerca de Mayra Salinas

Soy una persona que siempre estuvo en contacto con historias increíbles. Cuando era niña mi abuelito me contaba historias fantásticas. Recuerdo que esperaba con ansiedad sus visitas para conocer más de esos cuentos que parecían ser de otro mundo. Jugaba a que el sol me hablaba y que las plantas eran mis amigas, soñaba cada noche con reyes y princesas que surgían de ríos, con tesoros escondidos en montañas recónditas, con sembríos que florecían al pasó de una mujer embarazada. Sentía tristeza con el pequeño que moría y renacía en un ave, temor con los duendes que se llevaban a los niños y a las mujeres de larga cabellera. Compartir esos cuentos es mi forma de rendirle homenaje a su memoria y sobretodo a su legado.

Pájaro chogüí

En tiempos lejanos, cuando Ñanderuguasú, el Gran Padre, volvió a la Tierra sin Mal y los Avá recorrían América esperando encontrarla, surgió un cataclismo. De la nada una horda de salvajes llegó a sus tierras. Sedientos de oro y riquezas destruían todo a su paso, sino hubiese sido por la intervención divina de Tupá, Dios del Trueno, los Avá habrían desaparecido como polvo bajo sus pies.

De los grandes combates y guerras contra los Karaí, señores, solo les quedó el recuerdo y los muertos. Al final ya ni siquiera los llamaban como Ñamandú, el dador de vida, los nominó: Avá. Los Karaí les decían Guaraníes sin saber que ese era su grito de guerra contra ellos.

– ¡Guarány! (¡combatirles!), era lo último que oían antes de iniciar la batalla. Guarinin (guerreros) con orgullo se decían entre ellos, guerreros sin duda, pero después de siglos de combates sin tregua ni triunfos, solo les quedó el nombre españolizado, Guaraníes.

Con el tiempo los que sobrevivieron tuvieron que aceptar la protección del Dios de los jesuitas o huir a la selva, en busca de la protección de Tupá y de la Tierra sin Mal.

A pesar de esas circunstancias, entre los Avá refugiados en la selva se celebró un matrimonio. Ella, en sus cabellos negros lucía una diadema de campanillas silvestres que la hacían parecer Porâsy, la diosa de la belleza, y llevaba en sus manos la tacuara (caña) ritual. Él llevaba su maraca y también estaba adornado, su cuerpo fue pintado de puntos y rayas según la ocasión. Juntos, parados sobre una red nueva, recibieron el ka`u`y (chicha) de las manos del único anciano que había en la pequeña tekua (ciudad). Esa noche fue favorable, todos festejaron y bebieron ka`u`y mezclado con miel silvestre.

Fotografía tomada de: http://www.alconet.com.ar/varios/mitologia/poesia/la_magia_guarani.html

Así, Chavuku y Ñambi unieron sus vidas. Chavuku, en lengua Avá significa hombre reencarnado en el tigre y Ñambi, hierba curativa.

Esa misma noche, después de consumado el matrimonio, Chavuku, en un sueño, tuvo una revelación, Ñambi había quedado embarazada de un niño. Cuando despertó le dijo a su esposa que su sueño se encarnaba en ella formando un nuevo ser.

Su embarazo se dio de la mejor manera posible, ambos evitaban el trabajo pesado y hacían ayuno para que le niño creciera sano y fuerte. El día del parto, tal como Chavuku lo predijo, nació un varón. Los primeros días Chavuku y el niño los pasaron juntos en la hamaca nueva, destinada específicamente para ese fin, ya que si algo le pasaba al padre en esos primeros días el niño podría incluso morir.

Sin embargo, los tiempos de felicidad se desvanecieron como la neblina. El dios de los jesuitas dejó de recibir el favor de España y los Guaraníes se veían de nuevo a merced de los Karaí. Nuevas guerras se desencadenaron y Ñanderuguasú, olvidado por años o más bien obligados los Avá a olvidarlo, no oyó sus ruegos. Muchos murieron, Chavuku también murió, su alma volvió a su lugar de origen, dejando solos a Ñambi y su hijo.

Fotografía tomada de: http://creartehistoria.blogspot.com/2012_06_01_archive.html

Quienes a pesar de que tuvieron que abandonar el tekua para irse a vivir más cerca de la ciudad, nunca dejaron de cumplir con el ritual de los muertos. Con la certeza de que Chavuku la amparaba desde Tupá Rueté (Dios Padre Verdadero) y de que la ayudaría a cuidar a su hijo, Ñambi consiguió trabajo entregando maíz, carne y pescado en la ciudad. Su vida transcurría sin novedades, pero con los años su pequeño dejaba de ser un niño y ya no tendría la protección divina, por lo que pronto no estaría exceptuado de todo peligro.

Alejada de su cultura y de su gente no podía cumplir con la ceremonia de iniciación, con el ritual su hijo pertenecería a su comunidad y estaría protegido por el tembetá toda su vida, pero el rito solo podía ser llevado a cabo con el grupo de jóvenes de la comunidad y con la guía del Payé (Shamán), beberían ka`u`y, que servía para adormecerlos y que soportaran el dolor, y el Payé perforaría con un punzón de madera o de asta de venado la parte inferior del labio para colocar el tembetá, un trocito de piedra, madera, metal o hueso que demostraba su entrada en la adolescencia y su pertenencia a la tribu. Mientras duraba esta ceremonia se rezaba para pedir que el tembetá protegiera a su dueño de la muerte. Al cicatrizar la herida los llevarían al patio grande donde se celebraría la ceremonia final con cantos, danzas y rezos. Sin embargo, eso no era más que un sueño, tristemente su mundo había cambiado y la ceremonia no se llevaría acabo jamás.

Fotografía tomada de: http://adolfomendozasenador.blogspot.com/2012/01/guaranies-conmemoraran-120-anos-de-la.html

Constantemente Ñambi pensaba en la falta del amuleto de su hijo, en ocasiones no la dejaba dormir la idea de que Añá (la muerte) se acercaba poco a poco a su niño, como niebla en la noche, cada vez más cerca, envolviéndolo y alejándolo para siempre de ella. Por eso siempre estaba cerca de él, cuidándolo. Pero como todo niño, él quería explorar el mundo y encontraba la manera de alejarse y subir a los árboles que rodeaban la casa para chupar naranjas, eso era lo que más le gustaba hacer, chuparlas subido en el árbol mientras miraba desde arriba a todos.

En varias ocasiones Ñambi le había dicho que no subiera más a los árboles, pero él amaba estar en ellos, hasta que en una ocasión viéndose descubierto por su madre intentó bajar rápidamente del árbol y resbaló, cayendo abruptamente al suelo. Ñambi corrió a socorrerlo, lo tomó tiernamente entre sus brazos intentando despertarlo, pero su corazón ya no latía. Entre lágrimas y rezos le pedía a Arasy, madre del universo, que la ayudara, que no le quitara a su hijo, que Añá no se lo llevara.

De pronto, por extraño sortilegio su hijo en chogüí se convirtió. Desde entonces revoloteando alrededor de su madre se oye su alegre cantar, siempre cerca de su casa, entre los árboles, comiendo naranjas, deja ver su colorido plumaje, revoloteando de aquí hacia allá.

Ñambi sabe que no estará sola de ahora en adelante, el alma de su hijo, en el chogüí encarnado, la acompañará a todas partes, Chavuku y Arasy no pudieron revivirlo, pero evitaron que Añá se llevara su alma salvaguardándola en el pequeño chogüí.

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